Voy con mi madre en el coche, soy su copiloto. Sé que estamos fuera de la ciudad. De pronto, mi madre detiene el coche cerca de una máquina y me dice: “baja a sellar el boleto del estacionamiento.” Abro la puerta del coche, si diera un paso más podría caer varios metros abajo, donde está un mar hermosísimo, con su agua clara, verdeazul y docenas de piedras redondeadas en la orilla. Le digo a mi mamá “el mar está hermoso, quiero meterme ahora mismo.” De pronto veo un pez grande, negro, que nada en la parte un poco más profunda. Aunque este animal parece una especie inofensiva de tiburón, concluyo que sería bueno meterme sólo en la parte baja.
Puesto que sólo estamos de paso, no entro al mar; en vez de eso voy hacia la máquina que mi madre me había señalado. Este artefacto no sella boletos; es una especie de congelador de café. No sé por qué le puse diez pesos y tampoco sé por qué sigo sentada frente a esa máquina, si está descompuesta y sólo hay medios vasos de café congelado dentro de ella. Tres tipos trajeados pasan, llevan un pastel, me dicen en un tono burlón “feliz cumpleaños,” entonces yo saco la escarcha del congelador del café y se las lanzo, una y otra vez; ellos ríen y luego se van.

Puesto que sólo estamos de paso, no entro al mar; en vez de eso voy hacia la máquina que mi madre me había señalado. Este artefacto no sella boletos; es una especie de congelador de café. No sé por qué le puse diez pesos y tampoco sé por qué sigo sentada frente a esa máquina, si está descompuesta y sólo hay medios vasos de café congelado dentro de ella. Tres tipos trajeados pasan, llevan un pastel, me dicen en un tono burlón “feliz cumpleaños,” entonces yo saco la escarcha del congelador del café y se las lanzo, una y otra vez; ellos ríen y luego se van.


