Busco la dirección de mi nueva psicoanalista. Camino entre edificios bonitos y lujosos. De pronto veo uno que es muy alto; dentro de él hay un consultorio transparente, es decir: con paredes y techo de vidrio, de modo que quien esté en el diván podrá ver el cielo. La persona con la que camino me dice en broma "ahí está tu consultorio" y ambas reímos, pues sabemos que un consultorio tan lujoso debe pertenecer a un psicoanalista incosteable. Seguimos caminando en busca del consultorio real.



