Estoy en la prepa en que trabajo. Suena una alarma de simulacro y todos los chicos sa

len corriendo de sus salones. Veo el pizarrón de una colega que tiene mi edad, en él hay dibujada una catarina; el dibujo me produce fascinación y envidia (¿por qué en mi pizarrón no hay catarinas? Me pregunto.) En medio del ajetreo, mi colega y yo cruzamos unas palabras, supongo que sus alumnos son niños, por eso le digo “por lo menos tú puedes recurrir a esas cosas para darles clase.”
El escenario cambia, sigo dentro de la prepa, pero en una especie de cantina o bar. Bebo, y bailo como los rusos, abrazada a unas personas cuyos rostros no recuerdo; entonces caigo en la cuenta que un alumno me mira a través de la ventana, sonríe, expresa una gran simpatía hacia lo que hago; yo siento la misma simpatía por su gesto, sin embargo, me avergüenzo y dejo de bailar.